Manuel Urda, un hombre mudo (2D2)

En un mundo cabal Manuel Urda no necesitaría presentación alguna, pero en éste sí. Y eso porque nuestra cultura está tan estrechamente ligada a la mercancía que cualquier proceso mental adopta sus leyes. Vivimos en el mundo de lo efímero y nuestra memoria sentimental irremediablemente se nutre de ello. De nonadas que nos logran estremecer, de ecos que suplantan lo charlado y, en fin, de trascendencias que no llegan más allá del sonsonete publicitario, eso que llaman slogan. Y en eso estamos, divagando la eternidad.

Mi primera lectura fue el TBO, en él me alejaba de la impuesta realidad que se amasaba con tristeza, miedo, crimen, mugre y religión. Cuando uno es un cachorro, aún no sabe muy bien de qué, alarga la maravilla de la vida creyendo que todo es posible. Germen virológico que, por pura supervivencia, no debemos tratar con antibióticos. Ya que es preferible morir empachado de maravilla que de servidumbre. Y el día que agarré la gripe del maestro Urda ya procuré no soltarla.

Muchos años después de estar leyéndolo, buscándolo por insanos cuchitriles que a mi se me antojaban templos, de seguir su pistas en los papeles, caí en la cuenta de que el señor Urda hablaba poco, su forma de hacer era muda, como la de un ente fuera de este mundo de charloteos. Porque Manuel Urda no pretendía ser gracioso, es decir, no pretendía ser invitado a una cerveza Miraba y descubría lo insensato de las oraciones, y colocaba cada una de sus experiencias en esas cajas con celdas para insectos que son las historietas. Dándose cuenta que todo se relaciona con todo, quizá porque todo es una misma cosa, escapes al aburrimiento, a los recibos del gas y a los del agua. Que somos seres alquilados lo aprendí de Urda. Que el tebeo es esencialmente grafismo, ese concepto que expresaba Robert Bresson en su parcela cinematográfica sin que nadie le hiciera caso (“ese temblor de las imágenes que se despiertan”- decía en sus notas sobre el cinematógrafo), lo proclamaba tranquilamente. O que la apariencia era el estado natural de la realidad y, ésta, una apariencia, no dejaba de insinuarlo página tras página.

Así vemos que Manuel Urda necesitará presentación, lectura.

Y así acabamos con otro pensamiento del señor Bresson “¡Cuántas cosas se pueden expresar con la mano, con la cabeza, con los hombros!… ¡Cuántas palabras inútiles y engorrosas desaparecen entonces! ¡Qué economía!”

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Rompecabezas de Urda publicados en Pulgarcito. Años veinte.