A puñetazo limpio

Atizando con guantes...por Longarón

Portada de Longarón

De nuevo Longarón

Al borde del abismo...por Sampere

Curioso diseño para un paquete de cigarrillos

Espectáculo gratuito éste de las peleas. Por Longarón.

Uno de los principales ingredientes de la novela popular es el contacto físico. Sin él, difícilmente se establece la trama en la aventura. Mas la pasión encrespada, en último termino cuasi civilizado, se dirime a puñetazos. Atávica justicia, arcaica, que da razón mensurable. Pues la realidad se escribe con este tipo de razones, y no con la justicia, que es animal emotivo apto para grandes ocasiones cargadas de pompa y melodrama.

En el Oeste es donde, con más a gusto y ceremonial, dos individuos se lían a puñetazos. Moneda común allí, que se aprende desde la niñez. Y muy bien puede un bolsilibro recrearse cuatro o cinco páginas en la minuciosa descripción de los avatares de una pelea con las manos. Osadías y malos modos, también se describen, del que no guarda un cierto código que viene a decir que las hostilidades deben cesar una vez el oponente sea incapaz de levantarse del suelo. Aunque el malvado desconozca tal generosidad y prefiera lo taimado.

Encontraremos, pues, certeros mazazos, roturas de cráneo que aturden y ciegan, ganchos intencionados  en racimo, costillas fracturadas… éstas últimas, eso sí, muy dolorosas. Incluso la salvaje muerte también anida en los puños…y también, a veces, se obtiene una heroica derrota ante la desproporción de lo más fuerte, ante la ancestral bestia que no se atiene a regla alguna y carga con desmesura.

Cejas y nariz, siempre sangran. Comisura de labios es obligado ensangrentarla. Y si se está en forma, desparramar un puñado de dientes no quedará fuera de lo normal y artísticamente correcto.