¡Ay, que me caigo!

Lo real y lo seguro lo afirmamos en la tierra.

Este planeta, que muy bien hubiera podido denominarse planeta Agua, es la Tierra. Así, también, la tierra es madre, y dejamos el cielo para la elucubración y el agua para lo incógnito. El suelo que pisamos es nuestro apoyo, a partir de él nos individualizamos y pisamos tierra firme, entonces existe la certeza. Pero ¡Ay!, si nos caemos no somos nada, si el equilibrio se descompone estamos a merced del acaso.

Sin embargo nuestro andar es epidérmico, nos sentimos seguros en las superficies. Porque bajo la apariencia (el firme suelo) se encuentra lo telúrico, el ciego subsuelo, la morada muerta. Sin la tierra a nuestros pies somos presa del vacío. Y en el trayecto hacia la propia perdición dejamos de ser disueltos en miedo, en la incertidumbre que, sin embargo, sabemos, nos aniquilará en trayectoria sin dolor.

Soñamos que caemos cuando la seguridad de ha esfumado. Nos precipitamos al vacío y, mientras tanto, comprobamos la artificiosidad de nuestro pensamiento, su parodia de certezas de andar por casa, en el suelo. Cuando el suicida se precipita en el vacío, su razón es el delirio, el afrodisíaco de su disolución. Y es en esa pequeña fracción de vida volátil cuando se da cuenta el precipitado de su inmenso error. Le hubiera bastado cercenar su firme, aniquilar su realidad tejida, abandonar la certeza de su cotidiano y lanzarse, ahora sí, al vacío de la incertidumbre como salvación a su desgracia. Bastaba renunciar. Mas ya no existe Tierra donde hacerlo, que ya todo tiene dueño y el vacío nos habita.