Fortunato y su Perro

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Conti, ante todo, fue un humorista. Pero, ojo, de la sutil estirpe que va más allá de lo palmario y la gruesa risa de lo evidente. Pues para serlo es necesario percibir con fina observación la realidad circundante y conocer el mecanismo y el subsuelo de las relaciones sociales y la intrincada psicología que las genera. Además era elegante, mas de una elegancia sin aristas que, soterradamente, hacía fluir brutal. Evidenciando sin estridencias el profundo absurdo de la vida que nos toca.

Sus chistes, aún hoy, merecen antología, pongamos, con más necesidad que la del paródico gracioso nocturno con su actualidad televisiva inane y masturbatoria.

Fue en Tio Vivo donde Conti serializó el conflicto generacional que se da en las clases medias, esa natural ruptura entre los progenitores y su descendencia, con aquella su sutil atrocidad. Así, en Fortunato y su Perro, es decir, su hijo/a, nos describió esa ambivalencia del padre: el orgullo ante el hijo que, ya en una España otra y descaspándose superará su mediocridad y este, su otro odio hacía lo que no entiende, hacía la extrañeza de un mundo que ya no le pertenece.

Un patriarcado postizo en el que el orden, esa esposa con el horizonte de “sus labores” viviendo en su mundo ficticio, como ese otro, el del esposo, elucubrando autoridad. Y un hijo, digo perro, que por su parte, vástago del plan Marshall, preconiza un tanto el narcisismo ególatra de la sociedad del bienestar.

Desde los años cuarenta Conti materializó sus radiografías en La Prensa, Hola, Ondas, Lecturas, ABC, Blanco y Negro, Cu-Cút, Mata Ratos…