Portadas Románticas – Se Busca Esposo

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La novelista de relatos románticos siempre pisaba terreno movedizo, ya que la naturaleza de su narración toparía con una censura eclesiástica más vigilante que la sufrida por el novelista de evasión aventurera pues, dirigida «A la mujer, tesoro de encantos y de…ignorancia» tal como dedicaba su libro el doctor Clavero Nuñez a la casadera, aún suavizándolo con falsos lugares comunes «aunque la candorosa mujer suple su ignorancia con su fina intuición» la censura, es decir, el cumplimiento obligatorio del Canon 1385, parágrafo 1º, número 2 del Código Canónico, era implacable en estos menesteres de preservar su mencionada ignorancia.
Pero ¿qué era la mujer? Tan crucial asunto quedaba perfectamente expuesto en «Antes de que te cases» un texto de formación prenupcial consejero para los casados en su vida conyugal. En sus primeras páginas, dedicadas al apetito sexual, la luna de miel y el viaje nupcial, exponía la esencia de la cuestión «No existe más que una posibilidad natural y legítima de saciar el apetito sexual: el matrimonio; y, dentro de él, al satisfacerlo, no se le quite al acto su natural y espontánea fuerza procreadora»…»cualquier otra manera de satisfacer la sexualidad o es perversa, o es ilegitima y siempre ilícita. Así son luego sus consecuencias materiales: enfermedades, ruina, hijos ilegítimos y hasta el crimen»
Y pasaba a enumerar una serie de elucubraciones que nuestra novelista no podía transgredir so pena de no ver publicado su libro. Citemos algunas, pues, a modo de vademécum.
«Te ennoviaste porque sí, porque te gusto él, pero no porque sintieras hambre sexual…»
« Ha sido posteriormente cuando él, quizás con una caricia banal, te hizo sentir algo que nunca habías experimentado; el deseo de abandonarte, de entregarte a él, sin saber para qué…»
Y prosigue…»¡Cuidado!: estás en una situación crítica, te ronda el peligro del que debes estar prevenida. Ha llegado el momento de que de tu flaqueza saques fortaleza y, te cueste lo que te cueste, por nada del mundo hagas anticipos»…ya que «cuando estos anticipos no tienen consecuencias ostensibles, la noviería corre el peligro de eternizarse. Apaciguado el deseo que con más vehemencia impulsaba hacia la vicaría, no tiene nada de extraño que se moderen las prisas de boda»

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En cuanto a la elección del esposo se aconseja a la mujer «Como la imperiosidad urge ante la brevedad de nuestra vida, no puede diferirse la búsqueda y hay que contentarse con aquella mitad que más se parece a la nuestra…»
Y una vez casada no acaba la cosa « En el cumplimiento de la más grata de las obligaciones (cumples con una importantísima cuando te das a tu esposo) Es un imperdonable error la negación al esposo del débito conyugal. La mujer no debe, bajo ningún pretexto, negar a su marido lo que le pertenece».  Ya que… «Muchas mujeres se lamentan de las infidelidades de sus esposos, y no quieren darse cuenta que fueron ellas las culpables de la traición…no hay que olvidar que la generalidad de los hombres necesitamos una amante (el que necesita más, además de un anormal, es un indecente) y que, si no tenemos suerte de encontrarla en nuestra esposa y carecemos del suficiente freno moral, la buscaremos en una extraña» Lo que reportara variadas enfermedades venéreas que, al fin y al cabo, pagará la esposa… »Por incontinencia sexual, prematura e ilícita, son muchos los jóvenes que adquieren estas enfermedades al comprar sus encantos a mujeres que se venden.¡Qué asco!, ¿verdad?… aunque la mayoría de los hombres que tuvieron algo en su juventud se someten a examen médico cuando se deciden a casarse…»
Este tipo de perversos manuales, en fin, explicaban a la mujer católica de ayer y hoy. Y la novelista de relato romántico no podía escapar a  estas degradantes reglas o, más bien, cruzar sus límites. Ofreciéndonos verdaderos malabarismos para escribir un relato que medianamente interesara a una lectora que, mayoritariamente, necesitaba satisfacerse. Y así, fue en el contexto de la misma novela, en las situaciones creadas, en lo perverso que, necesariamente, tendría su final canónico, donde se dio rienda suelta a una novelística que, en muchos casos, rozó la maravilla.

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