el Bolsilibro como animal efímero

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El libro de tesis, la novela cumbre o el manual científico buscan su hogar, por así decirlo, su domicilio. El agudo libro es propenso a biblioteca, a claustro o anaquel preponderante. Al lugar, en fin, que otorga distinción y dignidad. Pero no así el obtuso volumen, demasiado bullicioso y desordenado, que acaba escondido, cuando no directamente despeñado a la basura o en segundas o terceras filas de repleta biblioteca.

Por eso, el bolsilibro, animal al fin y al cabo, tiende a la aventura, al peregrinaje en busca de hogar donde lo acojan, lo quieran y acaricien. Y es el bolsilibro uno de estos comunes ejemplares que, sabedor de su efímera existencia, busca en el viaje y la evasión vivir su vida antes de que el destino en forma de vertedero municipal lo englobe en su corrupto marasmo.

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Prueba de ello, de esas pensiones en las que ha transitado, porque no en hotel de biblioteca, son estos tampones que atestiguan su peregrina condición. Por poco tiempo siempre, porque no es el bolsilibro gente de posición y sus escasas dos pesetas de cartera le hacen emigrar con presteza del transitorio reposo donde apenas dura días, al siguiente y pasajero hogar, repitiendo destino hasta su vejez y destrucción. Rip.