¡Qué malas eran las rubias!

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La rubia, para nosotros los meridionales era lo misterioso y desconocido. En un país de morenas o de azabachado cabello, esa claridad casi albina de la rubia representaba la inquietud, lo desconocido. Por aquel entonces era el agua oxigenada lo que transformaba en exótica a la mujer coqueta, dándole un tinte de algo parecido al pecado. Por allá, por otros lares más lejanos, era la morena, la de oscuros o negros y abismales cabellos, la que al mal representaba…después vino la cosmética y sus tintes. Anegando en el olvido los esquemáticos clichés de los que se valía el novelista para urdir sus tramas con fatales hembras. Ya que los cabellos de la mujer, hoy, son susceptibles de repasar el arco iris en todas sus variadas gamas de subcomplementarios en un mercado global.

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Pero hubo un tiempo en el que las novelas con rubia prometían el desaguisado, perturbaban las gónadas y confirmaban la seguridad de que la única esposa como dios mandaba era la autóctona. Eran tiempos, aquellos sesenta, también de suecas oreándose en las playas veraniegas, oséase, de fechoría y lujuria.

La peluca es otra cosa, el taimado engaño. En fin…

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Las portadas 2ª y 3ª son de Rafael Cortiella. Y le sigue, la 4ª, de Emilio Freixas.

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