sobre el gusto

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El estragado gusto burgués percibe lo poético afincándolo en dos asentamientos: lo chabacano y lo manierista: lo vulgar y el kitsch. Lo toscamente real y la imitación de lo que considera el epítome de la grandeza. El chiste soez y una figurilla de Lladró. Nos bastaría ver la decoración de sus viviendas.

No escapa, sin embargo, el histórico arte vanguardista a esta banalización. Pues, al perder su significado concreto de protesta hacia un arte viejo, canónico y escolástico, pasa a adquirir un significado meramente decorativo, de distinción de clase o de tribu. En esto y no en otra cosa asienta sus raíces la modernidad.

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Lo moderno frente a lo clásico, otra huella de una civilización basada en dualidades. Pues para afirmar algo rotundamente el arte burgués no encuentra otra explicación que la negación de su contrario, es decir, la concepción en lo mercantil. Esta simple percepción mental no es otra cosa que la concreción de la necesidad gregaria de lo humano, heredera del clientelismo Romano, de la bandería ancestral.

La de los que sólo admiten la caligrafía de lo que se considera realidad (inequívocos odiadores de la alegoría) Hasta esa otra bandería, a su extremo, del vanguardismo, idealista y meramente romántico: lo Friki.

La carne y el seso. Otra dualidad aparente.