autopromoción

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Los medios de comunicación hablan muy bien de si mismos. La autopublicidad, ese cantarse las propias glorias y excelencias al mirarse al ombligo y ver que, en lugar de un repliegue cárnico, se erige un glorioso diamante, siempre ha sido práctica común en cualquier vendedor que se precie. Así, las emisoras de radio, revistas, las distintas televisiones, el mismo mundo del cine, con el que, dentro de poco, asistiremos a ese prolongado aplauso que se da a sí mismo en los premios Goya, en un ejercicio no exento de ridícula idiotez, es tan viejo como el mismo mercader que vendía mantas de pueblo en pueblo. Bueno será entonces repasar aquella otra forma, un tanto casera, prolongación y puesta al día de la que utilizó el folletín resaltando sus excentricidades, que nos ofrecía Editorial Bruguera.

Que supo crear un estilo intuitivo al colocar en el escaparate sus propios productos. Contaba para ello con excelentes dibujantes y, aún, un cierto pudor en ese halago histriónico que resalta más la fachada que su contenido, el envoltorio, léase marcas y símbolos o esa charlatanería que ha trascendido con el nombre de publicidad y que nos ofrece un ridículo repaso de lo que el burgués cree epítome del ingenio y poesía.

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