muertos del Oeste

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Un segundo después de acontecer una muerte, el muerto es el horror. Una hora después el muerto es el sufrir. Una día más tarde un pesar. Al mes un recuerdo…y al año que pasa, el olvido. Pero en el Oeste, un segundo más tarde un muerto ya es nada. El muerto, en las novelas del oeste, es el paisaje.

¡Qué bien se muere en el Far-West! Al contacto con una bala, uno se queda suspendido, inmóvil y quieto como una escultura, seguidamente hace muecas, se estampa, rebota, da cabriolas, levita en la nada y se desploma como un saco. Del simple muerto, de su descripción, en las primeras novelas populares, se pasa al minucioso acontecer de la fisicidad de la muerte y su pormenorizado estertor. Maestros en su descripción los hay, y nos explicaran todos los avatares del proyectil en su trayectoria, plagada de obstáculos de carne aún viva presta al teatral drama.

La guinda es el cráneo. La precisa descripción del avatar de una bala. Desde que se inca en una garganta, atraviesa el paladar y se incrusta hacia los sesos…y asoma, ya otra, cubierta con su pringue. La sesada, señores, que, finalmente, salpicará a la concurrencia.

Si la novela del Oeste es la persecución de la muerte; será en sus estertores la descripción anatómica de la misma, transformada ya en cosa, en manual de misceláneas.

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Con portadas de Longarón.