transgresiones estándar

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Gran cantidad del arte que se produce no va más allá de la masturbación onanista. Evocaciones infantiles, aún más infantilizadas cuando el joven artista apenas las ha dejado atrás o adopta la jerga domesticada de una tribu urbana. Nostalgia, cuando el maduro artista pretende reencontrarse en aquello que fue, cosificándose. O ese gozo por la trasgresión, amparado en la indigencia mental proclive a ver en el mal tono una sacudida mental.

Los productos moralmente rentables son los que propugna la estandarización. Lo estándar es lo respetado. La sola voluntad creando es anticrítica…o todo lo más jocosa, divertida, de fin de semana. Las palabras para nombrar lo artístico ya provienen del mundo de la publicidad y del diseño. Así, no son más que envoltorios, escaneados de la realidad inmediata quedándose, tal como es lo escaneado, en la superficie de lo examinado, generalmente en su narcisismo.

Las trasgresiones quedan así, como un chiste de universitarios, una charada de fin de semana. Tal como esa relampagueante mirada que tiene el niño al decir por primera vez palabras soeces.

El artista no debería apoyarse en sus inmediatas percepciones de lo externo, sino en el pavor/gozo que estas producen en su propio cuerpo. Una posible Vanguardia debería morder, no la capacidad de epatamiento del espectador para ofenderlo, sino alumbrar las propias contradicciones del lenguaje artístico comentando su artificiosidad, su carácter de cosa, de mercancía.