juguetes diabólicos

Sabemos, porque fuimos niños, que un juguete es algo más que materia modelada representando, de nuevo, materia. Porque sabemos que nosotros mismos no somos un aparte en lo matérico. El alma, ¡ay, el alma! no es más que circunstancia, de nuevo materia; inducida materia al contacto con materia, la otra, la que no se siente y se intuye al reflejarnos en ella. Lo otro.

Ya en los inicios del antropoide con ínfulas de humanidad se representó lo humano para atraerse lo mágico, dotándolo así de lo que se creía ser. ¿Qué diferencia hay, pues, entre un juguete y tú, lector? ¿O entre aquel primitivo salvaje y el soterrado zombie en el que hemos devenido? Cuando lo inerte cobra vida, ya sea el Gólem, el muñeco de un ventrílocuo loco o el resucitado muerto, cobra vida la voluntad sin tapujos, el deseo sin las trabas de lo social, el monstruo que nos habita. Nunca hubo paraíso desde que habitamos en los recuerdos.

Lo permanente, lo continuo, lo estacionado, lo inmutable, invariable e inalterable es diabólico. Por eso el objeto, sabemos sin saber porqué, nos cuenta y nos induce. Es “lo otro”, fijo e inconmovible, el horror que desconoce a Heráclito. Nosotros.

Qué razón tenían los primitivos sabiendo que una fotografía sólo reflejaba muertos.

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Las portadas corresponden a los años: 1959 / 1961 / 1962 / y 1964 dibujada por Emilio Freixas.