…Indios buenos

El indio norteamericano pasó de consignar el mal a representar el naturalista bien de la arcadia perdida. De sanguinario ateo se transformó en el genuino representante de la naturaleza como divinidad. Integrándolo de este modo en la fundacional misión del norteamericano por el restablecimiento de la tierra prometida. Su Destino Manifiesto.

También grandes dosis de mala conciencia propiciaron la transformación. Fue a inicios de los cincuenta, cinematográficamente hablando, cuando “Flecha Rota”, ese aburrido y un tanto planfetario film de Delmer Daves, dio el punto de partida a su reivindicación doméstica e internacional.

Tras el film se va creando toda una mitología edulcorada del indio como parte objetual de la misma naturaleza, tan remodelable como el curso de los ríos o la explotación agropecuaria del paisaje. Ahora se nos presenta como alguien pleno de sabiduría ecológica y de un ancestral sentido de lo divino que, curiosamente, los cristianizaba. Con ese soberbio y único dios que suplanta a los otros dioses para apostillar aquello de que todos los dioses, en realidad, son el mismo, el modelado por occidente.

El indio es hoy una especie de esencia, una reminiscencia de la arcadia natural que el conquistador americano creyó poseer en su origen cuando, en realidad nunca la tuvo.

El indio, así, en la novela popular va desapareciendo. Es el tiempo de su biografía heroica y abnegada, ya posee escaso valor melodramático. Si acaso como individuo errante, ya nunca como grupo, sólo entonces alguno de ellos aparece de cuando en cuando como esa excepción descarriada que toda comunidad posee y la ejemplifica. Su presencia en las portadas de las novelas del Oeste va disminuyendo hasta hacerse más y más extraña. Ha llegado el momento del cilicio, de azotarse los ojos con la maldad del blanco.

De una mixtificación pasamos a la siguiente, del mal al bien sin reservas, bueno, con muchas de ellas donde apartar al indio.

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1 y 2- con portada de Bosch Penalva / 3- nº 110 de la colección Arizona / 4- 1952 / 5- 1965, con ilustración de Miguel García / 6- 1959 2ªEd 1979 / 7- 1972, también de Miguel García y / 8- 1964 con cubierta de Jorge Nuñez.