Fidel Prado (1) un oeste doméstico

Lo primero que nos llama la atención en las novelas de Fidel Prado es su sometimiento al tiempo en que fueron escritas. Deliciosamente arcaico nos parece.

Los términos que emplea asoman camp: galpones y petates, cáñamos al cuello, un pregonado (forajido puesto a precio), y ese cabalgar por “el paisaje”…

Si en los puestos de cambio hay montón aparte para Estefanía y Corín Tellado, también lo hay selecto para viejecitos tranquilos que prefieren a Fidel Prado.

Se nos antoja como un Estefanía, pero bien escrito, sin la zafiedad gramatical de éste. Porque Fidel Prado es contador de historias con trama, no de sucesos, en un mundo sosegado, del día a día. En él no se mata con presteza, cuesta morir y se describe con sobriedad. Aunque, curiosamente, sus balas se alojen preferiblemente en los estómagos.

Su Oeste, sin embargo, se nos presenta como conocido, y parece como el drama vecinal de una pequeña ciudad en la españa de los cincuenta, provocando una lectura entrañablemente cercana.

Católico creyente, la providencia y dios son elementos que pululan en sus páginas. Se va a misa los domingos y alguna que otra vez la intervención divina se aviene a castigar a modo de colofón.

Un tiempo doméstico es el que nos describe. Con sus peonadas, pagas, necesidades para las esposas…arcadias morales que se ven perturbadas por facinerosos poco trágicos, de andar por casa, el mismo vecino. Se come, se duerme, se padece y se divierte en sus novelas tal como se hacía en los días de su tiempo.

Fidel Prado nunca es excesivo, práctica ese comedimiento realista que se da en la vida diaria, un tanto anodina y de pasiones peatonales. Para un lector de su tiempo fue un novelista creíble. Hoy es un clásico.

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Por orden: 1956, ilustración de Longarón / 1950 y 1952 con portadas de Moreno / 1951 / 1964, dibujada por José Curtiella / y 1956 de Longarón.

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