tesoros del bolsilibro

No hay duda entre comprar un bolsilibro en un quiosco o adquirirlo a través de una casa de cambio de novelas.

Entre un ejemplar prístino, inmaculado y tieso, a otro arañado por el tiempo y portador de señales y objetos de otros lectores, es preferible esto último.

Pues los tesoros que la novela de cambio nos aportará son vivos y variados: hebras de tabaco, restos de pan, de galleta, esporas, pétalos y semillas de todas clases, hojas, huellas de dedos, extrañas manchas, restos solidificados de no menos enigmáticos mejunjes, caspa y otras adherencias. Señales, textos, comentarios y anotaciones, objetos olvidados…vidas cruzadas.bolsilibros-rotos.jpg

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Postreras fases del bolsilibro. A la derecha típico ejemplar mordido en sus lados por las ratas .

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La falta de dinero y la necesidad de ocio; la pobreza y la distracción se paliaron en buena parte en las casa de cambio de novelas de la posguerra.

Las hubieron de todos los pelajes: desde el aseado puesto al cuchitril infecto, mas todas memorables. También en cada barriada ocuparon los rincones para atender a una clientela variopinta y clásica de obreros bragados, amas de casa, niños raros y ancianos al sol.

La arqueología de su realidad nos la confirman sus tampones: contundentes sellos que facturaban el bolsilibro como a una maleta que, más que hoteles, frecuentaba hogares.tampon-01.jpgtampon-02.jpgtampon-03.jpg

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Distintos sellos de tiendas de cambio. El bolsilibro siempre fue un gran viajero.

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En sus buenos y álgidos tiempos, que se internaron hasta los setenta, los libreros llegaron a organizar su comida por turnos para atender a unos parroquianos dominicales que se abastecían de maravilla para toda la semana.

En amable charla, he tenido el gusto de ver la fiambrera que utilizara el fundador de un puesto en aquellos tiempos gloriosos.

Mas no todo fueron arcadias. Y en algún rincón se agazapaba el mal.

Hambre y piojos, aradores de la sarna y otros diablos hicieron su aparición. Fluidos cristalizados ampararon restos de tos tuberculosa…la falta de higiene ya se utilizó para otorgarle a la literatura popular cierta potencialidad endémica escondida entre sus apretadas líneas. Cosas así fueron engrosando el mito de su infratexto.higiene.jpg

 

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Arriba, sello de un puesto con novelas desinfectadas. Siguen dos parásitos de la dermatosis y , finalmente, ensoñación onírica de un lector de bolsilibros según la crítica trascendental.

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