vindicación del bolsilibro

Habría que avisar en la contraportada de la literatura popular que nuestros sentidos más primitivos se pondrán en funcionamiento y, en ese preciso instante, el ciudadano que llevamos dentro se diluirá en la espesura. La del frondoso bosque primitivo, cuando el hombre era aún mitad bestia mitad ingenuo.pulp-001.jpg

Estas ancestrales fijaciones cerebélicas, no obstante, nos acompañaran a lo largo de nuestra vida. Se trata de nosotros mismos, sin pasar por la escuela, claro.

Así que, la lectura de uno de estos libros, que apenas son leídos en un par de horas, nos retrotrae a un placer tal que los sentidos campan salvaje en la arcadia brutal, antes de que el antropomorfo alcanzase a divagar sobre el sentido moral de sí mismo.

Fatal acontecimiento que no hizo otra cosa que separarlo del asunto del que se trataba: la vida.

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El bolsilibro, pues, diluye esa realidad que no nos concierne por impuesta. Y solo se agrada en el apetito imperativo más ancestral: la fiera al acecho en busca de satisfacción inmediata. Ya y ahora.

Por otra parte, el tema de la novela popular no es otro que el de las distintas crónicas de la muerte. El tiempo y su erosión en lo vivo. La consumación del instinto. Todas las formas de muerte y el espectáculo que constituye su certeza.pulp-003.jpg

En los bolsilibros se muere, mas no se limitan a su evidente constatación. Buscan sus estertores, nos ofrecen su agonía, materializan su descomposición para dar certeza del olvido.

Saben que la voluntad solo es una aproximación hacia la muerte.

Todo mamífero es una máquina que devora.

Si no lo hace, no funciona.

Se para.

Por eso mastica.pulp-004.jpg

El bolsilibro es una crónica pormenorizada de la anatomía humana, un reportaje de sus excesos y de su voluntad.

El final feliz, sobre ser imposición, apenas ocupa tres líneas, no da para más. Y una vez acabada la novela, la vida de sus protagonistas nos deja de interesar. No conozco ninguna cuyo tema sea la felicidad. Pues el sagaz lector sabe de su inexistencia y sólo la admite como metáfora final.

¿A quién le interesa la felicidad?

Lo que seduce al lector es la monotonía de sus propias certezas. No en vano la novela popular nació en el vientre de las imprentas y en la impostura de las grandes urbes. Donde los cubiles, efectivamente, son ya prefabricados, fumigados, extinguidos en su hedor, higienizados. Otros. Donde sólo habitamos androides.

 

 

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maravillosas historias de ejecución de amores, miedos gregarios, ambiciones y decadencias, en cuatro magníficas colecciones : Rosaura 1950/ Espacio-El mundo futuro 1966/ Búfalo 1971, con cubierta de Miguél Garcia / y Metralla (2ªépoca) 1983 con portada de Longarón.

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