De granos, calvos, gordos y otras atrocidades

 

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En la milenaria polémica cuerpo y alma, en ese conocer si su existencia es o no separada, sin duda ha ganado el cuerpo, antes que el alma, su categoría de cosa. Pues lo anímico ha quedado como material poético, es decir, indigente, moneda para depauperados. Es tal la evidencia corporal, su apariencia tan física y contundente, su cartesiana medida tan medible; que el alma, tan rijosa ella y tan poco predecible y de fiar, no es moneda, es poesía, lírica para contrahechos. Cuando se efectuó la medición del alma la cifra fue ridícula: cero coma dos gramos. Sin embargo son la misma cosa. Digamos que el alma es un molesto forúnculo corporal. Un eccema de pasiones que, a veces, se obstina en materializarse en ridículas presencias. En acné, por ejemplo.

Nos mide el cuerpo, nuestra talla es la presencia. Y el ser cosa, a esas edades de la juventud, es vital. Así lo atestiguan los tebeos, que nos avisan de la presencia del alma cuando se asoma al cuerpo como un sarpullido.

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