Sobre el Realismo

Todos deseamos vivir la realidad cierta. No en otra cosa consiste la civilización, sino en crearla. Mas la realidad es inaprensible y fuera de nosotros campa. Nuestra certeza, hoy, se basa en el simulacro de la razón que construye lo visible con arreglo a sus premisas. El hombre nombra lo real para apaciguarse, mas, en contrapartida se esclaviza en ello.

Premisas como que todo es consecuencia y, por tanto, tiene un origen o causa primera edifican una arquitectura que configura la percepción de lo ajeno, de lo que afuera queda. Mas todo queda fuera, incluso el ser mismo esta fuera de si, no se percibe, no logra saberse. Se es para uno mismo un misterio.

De aquí la necesidad de las certezas, de la construcción de superestructuras que nos expliquen y, a su vez, expliquen lo otro, lo verdadero otro que llamamos realidad. Pues ni siquiera el dolor es una certeza, sino su alarma. Pasada ésta, ni siquiera es perceptible el sufrimiento sino su recuerdo moral.

Las certezas asacadas por la burguesía constituyen la realidad que hoy percibimos como tal. Sus certezas generales, compartidas, no escapan a una gran banalización de lo real. Nuestra física percepción es tosca. Los propios sentidos no dan más de si. Logrando únicamente percibir vestigios de metáforas, construcciones dramatizadas, melodramáticas, de lo que se nos escapa. Y la percepción artística de la realidad no es otra cosa que los restos de esas metáforas. La banalización poética, en su sentido generalizador,  no es otra cosa que el “realismo”, el escalón más bajo de las metáforas. Su ecumenización total.

El espíritu plano se encuentra a bien con la representación del realismo. Así, cuando la realidad alcanza cotas de dolor es quien lo consuela. Se desean, se quieren historias reales cuando la propia metaforización es casi nula. Cuando uno no se concibe como metáfora. No todo individuo tiene la capacidad de percibir la realidad como una metáfora y necesita identificar sus sensaciones como la Realidad.

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Las ilustraciones corresponden a “Pippo nella Luna” publicada en 1945 en el semanario “Il Vittorioso” por Benito Jacovitti.

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