Caperucita Roja (2D4) Comiéndose a la Abuelita

Los cambios de personalidad los induce el deseo. Cuando se quiere algo el disfraz es lo recurrente para atraer, atrapar y digerir. En lo cotidiano se adoptan posturas para que el objeto deseado se confíe. Por eso es increíble la cantidad de camuflajes que adopta el ser humano a lo largo de una jornada repleta. Somos esquizofrénicamente plurales.

No soy el único que al leer el cuento de Caperucita Roja piensa que lo que en realidad deseaba el Lobo (el Deseo, como dios, no tiene nombre propio) era acostarse con Caperucita y, así, aprovechar la incipiente necesidad de ésta en coronar su biología. Pero no iremos más allá en un cuento abierto, generoso en interpretaciones y capaz de sugerir cualquier extremo.

Cuando leí por primera vez este cuento, allá en el alubión de mis necesidades, lo más inexplicable para mi era esa naturalidad en un ir a la cama de Caperucita a la primera sugerencia. ¿Qué sucede en los dormitorios? Me preguntaba cuando también mi incipiente deseo asomaba. Más tarde lo supe: Todo sucedía, desde el supremo disfraz hasta la total ausencia de camuflaje.

Se dice de las plantas carnívoras que atraen a sus presas especializándose en su disimulo: con gotas pegajosas, trampas sensitivas, ventosas aspirantes, colores atractivos, aromas cautivadores, también aromas repulsivos, para las presas que se alimentan de lo muerto. El reino del deseo, en él vivimos.

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En épocas muy posteriores don Emilio Freixas nos regaló la vista con su versión de Caperucita tal como nos deleitó el Abuelito en su Desván.

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