A. Rolcest y las mujeres

nº 8 de Salvaje Texas 1956

con portada de A. Bernal. 1958

Ilustración de Provensal. 1959

nº 50 de Ases del Oeste con portada de Cortiella

Una de las reglas no escritas  del bolsilibro consiste en la “necesaria”  incorporación del elemento amoroso dentro de la trama. El héroe, forzosamente, debe acabar junto a la heroína, y lo digo también con segundas intenciones. Y si la cosa culmina en la promesa de un horizonte con familia, mejor que mejor.

Los novelistas, ante tal disyuntiva editorial sorteaban el trance con variada munición. Unos colocaban en el relato este componente amoroso como en calzador, reservando para los últimos párrafos de la novela la consecución del feliz acontecimiento. Aparecía, pues, la mujer como un aditamento postizo, embutido de cualquier manera y sin aportar nada esencial al mismo relato. Otros, como en el caso que nos ocupa, lo consideraban desde su comienzo elemento importante en su narración, pieza dramática, contenida en la misma esencia de la trama.

Asi. el señor A. Rolcest  nos fue obsequiando con  sinceros y variopintos elementos femeninos, minuciosamente construidos dentro de lo popular. Y no en pocas ocasiones, la mujer alcanza en sus relatos la solución de protagonista principal. Mujeres, así, en A. Rolcest, que no son meros elementos de apoyo para tiempos muertos, sino el porqué del mismo relato.

Puede que sea el género del Oeste el que más se impregnó de lo Romántico allá en aquellos periódicos populistas que nacieron en unas ciudades norteamericanas creciendo vertiginosas junto a la anárquica alfabetización de sus lectores, que acabarían imponiendo su lenguaje. Sus preferencias.

Su estructura narrativa es el propio “arrebato” de lo romántico, no en vano nació de su lenguaje, en su gramática de imprenta. Y no en balde las “novelas de vaqueros” eran pieza de gusto de las lectoras. Una breve indagación en los puntos de venta y cambio confirmará al curioso lector tema de interés tan capital. Las mujeres en A. Rolcest tienen carácter, ambiciones e individualidad. Y nunca son pieza a “quebrar” y rendirse ante la excelencia de lo masculino. Piensan y no se limitan a un papel de abnegado apoyo. Tienen necesidades y las expresan claramente.

Tampoco son idílicas, ni remansos de estereotipo. Sus pasiones, en su caso, las corroen y emocionan. Y sus amores, también, no las disuelven necesariamente.

Emilio Freixas. 1960

Portada de Angel Badía. 1960

Ilustración de Rafael Cortiella. 1961

nº 755 de la colección Bisonte. 1962

Por otra parte, lo narrativo en A. Rolcest produce aquella impresión que se da en el cine clásico. Pensamos en esa cámara que no se encabritaba, no se evidencia para dramatizar y apenas se nota.

Así, cuando el artificio pasa desapercibido, lo narrado se remansa y surge la intimidad, y se narran pasiones. Claro ejemplo es el señor Rolcest en la culminación de una etapa de la novela popular que, desde los cincuenta hacia los finales de la década siguiente, consideramos la de su clasicismo. La culminación de anciano folletín que desarrolló, ya como lenguaje, todo su muestrario.

Narrador justo y diáfano. Adornando lo comedido, urde tramas por encima del primario suceso aventurero, espina dorsal de todo relato popular que, por otra parte, el novelista no deja de lado. Muy dado, también,  a la variación temática, para ser más narrador de dramatismos civilizados que de tormentosas andanzas de pistolero. Muy a menudo sus historias se entraman con su creencia en el progreso y la técnica. Con su predilección y gusto por los ingenieros, levantando el porvenir, civilizando, aún honestos en su tipificación narrativa.

Don Arsenio Olcina Esteve nació en Alcoy, y  en su narrar se nota. También dirigió durante la guerra civil el periódico “Línea de Fuego”. No narraba hechos históricos. Lo suyo era la novela popular.



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